Agua.

Suena: Llegará la tormenta, de Amaral (versionando a Bob Dylan)

Soy Piscis.

Piscis es un signo de agua. Los que creen en el horóscopo dicen que la influencia de mi signo me convierte en sensual, imaginativa, sensible, altruista y soñadora entre otras cosas. Además se supone que mi punto débil son los pies. Y que pasaría las horas muertas dentro del agua, que me revitaliza y me da serenidad.

Yo no sé si esas personas tienen razón o son, simplemente, apuestas seguras. Es verdad que me encanta soñar despierta, y además creo que es verdad que soy sensible. Lo de imaginativa, sensual y altruista no voy a decirlo yo, porque no me toca y porque no sé hasta qué punto sea verdad. Lo de los pies… puede ser. Pasar horas en el agua… depende.

Normalmente soy de ducha. Ducha rápida y salir pitando porque no llego. Suelo ser impuntual, pero en parte es contagiado. Sé que suena a excusa, pero no, no lo es. Hace tres semanas más o menos (joder, cómo pasa el tiempo) que me dí un señor baño hasta que se me quedaron los deditos arrugados como pasas. Y tengo programado repetir dentro de no mucho si puedo. En cambio no me baño en piscina ni mar, me da miedo tanto agua junta. Puede matar.

Pero el agua de la que quería hablar hoy es bien distinta. Es la que cae en forma de vida desde el cielo. Puede ser nieve, granizo, lluvia, chirimiri o chaparrón veraniego. Parece que ducha la realidad. Se lleva las partículas de suciedad que intentan escapar, deja un olor límpio e inconfundible.

He tenido la suerte de vivir en el campo la mayoría de mi vida. Me encantaba cuando, de pequeña, salía en verano a andar en bici con mis amigas, y de repente empezaba a llover. Me gustaba mojarme en las calurosas tardes castellanas, sentir el frescor del agua recién caída, el alborozo y los gritos que acompañaban a la huída, buscando un cobijo para dejar de mojarnos. Y ese olor inconfundible a tierra mojada. El agua, alimentando a la tierra, uniéndose con ella en un ritual tan antiguo como la vida.

Luego me mudé a una ciudad bastante grande, pero desde mi ventana veía un montículo, y cuando llovía podía percibir ese agradable olor. Fue entonces cuando realmente aprendí a apreciar el olor a tierra mojada, a echar de menos el de mi tierra. Porque el olor a tierra mojada de la ciudad no es como el del campo. Tiene matices completamente diferentes. Matices que te hacen sorprenderte de que en un sitio tan gris quepa un olor tan azul, porque el olor del agua es azul cielo, un azul cielo muy intenso, casi de dibujos animados. Al menos para mí. A veces también es verde, de un verde hierba de lo más vivo.

Desde que vivo en Madrid, las tormentas huelen a melancolía. Es una situación un poco extraña, porque tengo más o menos lo que hacía años que perseguía. He conseguido un montón de cosas, y a pesar de todo, el agua sigue llevándome a mi infancia. Me gusta pensar que la infancia es un lugar seguro para volver a él cuando necesitas un respiro. Me gusta recordar cosas de cuando era una niña. Y me gusta que los olores me transporten allí. Un perfume que me transporta a la parte de la huerta en la que mi madre tenía plantadas las rosas con su suave e inconfundible aroma. El olor de la cocina de la escuela donde hice el máster transportándome a la última hora de clase de la mañana, cuando cualquiera con un poco de olfato podía adivinar qué tocaba en el comedor escolar. Y sobre todo la tierra mojada que me sitúa otra vez en la bici, correteando con mis amigas, escabulléndonos una vez más, intentando que nuestros padres no se enteraran de que nos habíamos vuelto a empapar, y la vuelta a los juegos cuando escampaba. Siempre que percibo ese peculiar aroma en esta ciudad, que aún no ha dejado de ser extraña y, en cierto modo, hostil, me siento más tranquila, porque sé que, a pesar de todo, y allá donde vaya, seguirá habiendo un trozo de tierra vírgen, que cada vez que se moje me regalará su fragancia y volverá a transportarme a lugares remotos donde siempre pude contar con unos gramos de felicidad.

¿Por qué hoy? ¿A qué viene todo esto? Pues porque hace un rato me he acercado a la ventana para comprobar si era seguro seguir con las ventanas abiertas, y ese olor a vida me ha golpeado en toda la cara. A veces me gusta pensar en ese tipo de cosas, cosas agradables, y sencillas, que me permiten volver, incluso en el peor de los casos, a un lugar y un tiempo en los que fui feliz.

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12 comentarios

  1. Primer!

  2. (Se que todos odiais a los que sólo postean para poner que son los primeros, por eso lo he hecho)

    Saludos Min!!!!

    (No le digas a nadie que me chivataste que estabas escribiendo la entrada xD)

  3. Debo confesarlo, la lluvia es mi debilidad. Lamentablemente desde que estoy en Alicante, la disfruto muy de milagro en milagro, pero nunca me voy a olvidar de los torrenciales veraniegos que solía degustar cuando aún estaba en Buenos Aires. Ver esa ciudad golpeada por las gotas es genial y de pequeño me podía pasar horas en la terraza con mi hermana bajo ellas. Sin duda prefiero mucho más un día lluvioso a uno soleado.

    Hace tiempo que perdí la esperanza de ser normal en ese sentido 😦

  4. Jajaj, bienvenido Melopea, qué ilusión leerte por aquí (tranquilo, no le diré a nadie que te conté que estaba escribiendo 😉 )

    Thylzos ser normal está sobrevalorado 😉

  5. Ser normal está tan sobrevalorado que, de hecho, lo raro es ser normal!!!

  6. Se me olvidó clicar el seguimiento de comentarios!!!

  7. ¿Y a quien no le gusta mojarse bajo la lluvia? Veo esa gente que corre, que se desliza dentro de cualquier cornisa haciendo maniobras imposibles, tantos paraguas por la calle (de los que yo no tengo ninguno) y yo soy tan feliz mojandome… no se, es algo tan “primario”, supongo que un placer tan antiguo como el hombre.
    ¡Ays! la lluvia… se echa de menos por aquí en el sur…

  8. Esos olores azules y verdes, no sé si es un caso de sinestesia o un hermoso recurso literario. En cualquiera de los dos casos te envidio por ello 😉

  9. Mojarse cuando llueve mola mil. Nunca entenderé a la gente que se empeña en ofrecerte paraguas cuando llueve…

    Por cierto, se te ha olvidado decir que los Piscis somos también fieles hasta la muerte a nuestros amigos. Que es la mejor cualidad que tenemos, mujer.

  10. Jajaja, Bich, tienes razón, pero bueno, habrá que aprender a vivir con ello 😛

    Staros a muchisima gente no le gusta nada mojarse en días lluviosos… ellos se lo pierden 😛

    Sam que bonito artículo… no sabría responderte, la verdad :$

    Zor lo de ser amigos fieles no creo que tenga mucho que ver con el horroroscopo… aunque mi mejor amigo tb es piscis y nos soportamos desde hace nada mas y nada menos que trece años!! jajaja

  11. Um, a mí también es un olor que me encanta, así como el que precede a la tormenta, aquel olor que las personas habituadas a vivir en sitios en los que llueve mucho, saben anticipar la inminente tormenta que va a caer. Es vida, y en cierto modo la lluvia tiene mucho de catarsis.

    A mí también me encanta 🙂

  12. Jajajajaja, pues yo no lo cambio ¿eh? No se vosotros, pero yo me siento tan… libre. Todos refugiandose y yo ahi, como un idiota, chorreando y riendome (me da por reir…¬¬)corto ya, que me pongo pelusón jo… xD

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