Un poco payasa.

Suena: Como un lobo, de Miguel Bosé, el dueto con Bimba. (Os pongo el link al vídeo porque esta mujer tiene un cuerpo de infarto, hay que mirar cosas bonitas, ea!)

Pensamiento inconsistente: a veces me gustaría contar estas cosas en voz alta en vez de limitarme a escribirlas. A veces echo de menos tener amigas con las que sólo tengo en común ganas de hablar del pasado y de obviar que el futuro que nos espera sigue rectas divergentes, tan divergentes que son casi la misma pero en sentidos opuestos.

Cuando yo era apenas una adolescente me encantaba hacer teatro. Es más, quería ser actriz. Por motivos que ahora no vienen a cuento no pudo ser y acabé en derecho económico, pero bueno, no me importó porque también quería ser economista y abogada xD

Total, a mis tiernos trece años me subí por primera vez a un escenario fuera de la seguridad del cole. Era un certamen entre todos los coles de la ciudad. Y yo tenía un papel horroroso y super humillante en una obrita de teatro que se llamaba Zumo de Guindas. Tenía que bailar un vals, no entero, sólo un poquitín. Con un chico monísimo. Que tenía un año más que yo. El sueño de toda niña, ¿eh?  Pues mira, no. Porque aquel chico, D., era como una cabeza más pequeño que yo, y claro, parecíamos el punto y la i del revés. No es algo que me importe en mi vida personal, pero tu dirás qué hago bailando un vals con el niño más bajo de la obra. Joder, como si no hubiera más niños y más niñas haciendo de secundarios. Me lo comí con papas y aprendí a mediobailar vals agachándome en las vueltas para pasar por debajo de nuestros brazos. Al final salimos a saludar y eso, y los aplausos molaron. Aunque yo me había limitado a hacer el ridículo más absoluto bailando con un taponcillo.

Al año siguiente hice de bruja, con verruga y todo. Y nariz de pega y sombrero y tales. Lo siento, he olvidado por completo aquella obra, no recuerdo ni el título, sólo que un amigo mío hizo el principal y se llevó el premio al mejor actor de E.G.B. Fue mi último año en el cole. El siguiente paso era el instituto.

El grupo de teatro del instituto era potente. El director era maravillosamente buen actor, quería dedicarse profesionalmente a ello y deseaba con todo su corazón entrar en la escuela de arte dramático de Madrid. Me dio una mierda de papel en la obra de Buero Vallejo “En la Ardiente Oscuridad”. Por azares del destino y paranoias de la peña acabé llevándome el gato al agua, la gente empezó a pasar del tema, una tía peleó con su novio por el teatro y no sé cómo lo hice, pero acabé haciendo de Elisa, una de las principales. Tenía que hacer de ciega. Sin gafas. Iba a ser una de las escasísimas personas que no llevaría gafas oscuras, creo que eramos tres, el director, la que hacía de directora del centro que no era ciega y yo.

Aquel fue mi primer triunfo teatral. No me llevé el gato al agua pero casi. Participábamos dos institutos, así que el mejor actor ganó mi director y la mejor actriz la chica del otro insti. Pero hubo gente del público que conocía al director de grupos amateur de teatro. Me invitaron a entrar en uno, que al final no llevó a nada, pero me invitaron. Y una chica me dijo que tenía que haber sido dificilísimo para mí aprenderme la colocación de los muebles en tan poco tiempo. ¡Se había pensado que de verdad era ciega! Aquello me dejó conmocionada. Pero lo que más conmocionada me dejó fueron los aplausos. Ver cómo la gente aplaudía y se ponía de pie cuando salí a saludar. Porque como era principal, salí sola casi al final. La adrenalina del principio, cuando se levanta el telón, no fue nada en comparación con el subidón de los aplausos. Hubo gente que lloró y algún momento muy difícil para mantener la compostura, por ejemplo cuando dos se dieron un beso de guión y el hermano pequeño de la chica gritó desde el público “hala!! mamá que le ha dado un beso a la tata!!” El patio de butacas rompió en carcajadas, yo estaba presenciando la escena pero como eramos ciegos nadie lo sabía, y tenía que permanecer absolutamente inmóvil y sin reírme. A mis compañeros del beso se les escapó un poco la risa, pero yo aguanté estoicamente. Eso sí, cuando nos metimos dentro me desquité.

Los siguientes dos años representamos Hombres, de Sergi Belbel y La casa de Bernarda Alba, grandísimo Lorca. Los aplausos me siguieron enganchando, pero ya no fue lo mismo. Nunca volvió a ser lo mismo. Me había gustado tanto el papel de Elisa que los otros, a pesar de ser un superclásico y una obra muy muy divertida, no me llenaron tanto.

A veces añoro esa sensación, ese ser el centro del mundo siendo otra persona que no tiene nada que ver contigo, vivir otras vidas y ponerse otras pieles que no te corresponden en absoluto. Y al final del viaje en ese otro cuerpo, el calor del público, el aplauso casi enfervorecido de agradecimiento y diversión, y la vuelta a la seguridad de la rutina diaria. Quizás en un futuro, si tengo tiempo libre, vuelva a retomarlo. A veces pienso que me gustaría, a veces pienso que es una etapa que ya quemé. Pero siempre conservo un punto de payasa y me encanta hacer reír a la gente que me rodea. Y con esto y un bizcocho me voy de puente =)

¿Había dicho ya que amo Madrid?

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3 comentarios

  1. Todos tenemos un oscuro pasado al que queremos volver algún día, pero el brillo del presente nos hace olvidar todo y dejarlo como siempre en lo que fue un bonito recuerdo.

    Bechoz!

  2. Qué recuerdos los del teatro en el cole!! Yo me lo pasaba de lujo, siempre hacía de mala y podía dar rienda suelta a mi enoooorme vena payasa…

  3. Pues sí, tiene un cuerpo de infarto (me quedé en la primera línea jaja)

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