Experiencias vitales

Suena: Bailaré sobre tu tumba, de siniestro total

Cita destacada: Ni una gota de sangre de Kill Bill está injustificada.

Pensamiento inconsistente: quizás sea hora de pasar a la acción.

La cita es de nuestra Barbi favorita. Y es una respuesta a un comentario de una de sus entradas, venía a que la escena de Kill Bill donde Uma va a buscar a Luci parece una fuente de sangre. Realmente no he encontrado una cita mejor para ilustrar éste post.

A lo largo de mi vida me han interesado todo tipo de tíos. Desde verdaderos hijos de puta pasando por monitores de tiempo libre de su parroquia, gays irredentos, mujeriegos, tímidos, mentirosos compulsivos, cornudos, estafadores, hombres sin instintos, vengativos compulsivos y un largo etcétera. Alguno normal también, pero pocos. Gracias a Dior no he estado con todos, ni muchísimo menos, porque si no tendría una boca de metro entre las piernas, y estoy segura de que conservo elasticidad y sensibilidad, y además sé que hay cientos de cosas que aún no he probado en la cama, o en el sofá, o en aquella mesa de biblioteca de la que hablaba unos post atrás.

No voy a contar mi vida sentimental, ni mucho menos, pero al leer ésta entrada de Misterios al descubierto he recordado una experiencia vital que aún me hace reir cuando la recuerdo. Y lo que falta. Y que, además, ilustra la mala hostia que puedo llegar a tener.

Allá por 1996 me encantaba un tipo chulo, pijo, estúpido, dos años mayor que yo, a pesar de estar en mi mismo curso en el instituto, malote, macarrilla e insultantemente guapo. O al menos a mí me lo parecía. Tenía el pelo castaño claro, un culito de morirse al verlo, alguna cicatriz discreta en la cara (una o dos, no lo recuerdo bien) y era zambo, parecia que montaba no a caballo, sino a yegua preñada. Pero a mí me volvía loca. Y no sé decir por qué, supongo que el aire de inaccesibilidad junto con esa pinta de malote enloquecian a mis pobres hormonas, pero la cuestión es que así era.

Yo me llevaba bien con uno de sus amigos, y cuando me lo encontraba los sábados por la noche charlaba con él un ratito corto y discreto, frecuentaba los sitios en los que sabía que podía encontrarle y me ponía unos pedazo de escotes que daban un poquitin de vergüenza ajena. Una parte de mis amigas de aquellos años eran pijitas y casualmente iban desde siempre a los mismos sitios que ellos. Yo era feliz pensando que algún día se daría cuenta de mi existencia, y que al fin se haría justicia divina cuando se diera cuenta de lo maravillosa que era. Pero era sólo una más.

Casualmente un sábado me quedé sola con una amiga, mi hermano ya vivía en la ciudad donde yo salía de marcha, así que había dejado de depender del resto de mis amigas para llegar a mi pueblo en taxi a precio asequible. Lo dicho, me quedé con una amiga y nos encontramos con un conocido mío del instituto que iba con otro chico, casualmente amigo del objeto de mi deseo. El chico al que yo conocía estaba bastante interesado en mi amiga, así que estuvimos un rato cotorreando con ellos y mi amiga en un aparte me dijo que ni de coña, así que educadamente nos despedimos. El otro chico me dijo su nombre, y que seguramente me sonaría su cara porque salia con mi compañero de clase, el amigo de mi objeto de deseo. Yo sonreí educadamente, y le dije que sí, que su cara me sonaba de algo. Les dimos dos besos y nos fuimos a casa.

Pasé toda la semana pensando que quizás acercarme al chico del sábado anterior era una buena idea, porque era amigo de mi objeto de deseo, y conocer a dos chicos en el mismo grupo me acercaba más que conocer a uno solo. Mi amiga y yo volvimos a quedarnos solas, y volvimos a encontrarnos con estos dos elementos. Mi amiga estaba un poco más receptiva con el otro, así que yo me fui a tomar una cerveza con el amigo de mi objeto de deseo. Estuvimos parados un rato al lado de un puente, y entonces, oh, maldita suerte mía, pasó mi objeto de deseo con otros dos de sus amigos. Gracias a Dior compañero de clase no estaba con ellos. Silbaron graciosamente y nos tomaron el pelo. Yo me defendí en plan “pues no, pero si así fuera a ti qué te importa?” con una sonrisa angelical, esperando que aquel dijera algo, pero sólo dijo “ya, claro claro” y se fue riendo con los otros.

El lunes, el conductor del autobus en el que yo iba al instituto, que casualmente era el mejor amigo del hermano mayor de mi objeto de deseo, y primo del mejor amigo del chico con el que me había quedado ese mismo sábado, empezó a tomarme el pelo en el autobús. Juré y perjuré que no había pasado nada, que aquel chico no me interesaba, pero fue inutil. Al sábado siguiente el chico me preguntó que si yo había dicho que nos habíamos enrollado, y le dije que no, que por supuesto que no, que qué clase de zorrita se pensaba que era y me sentí bastante ofendida: ni siquiera me gustaba, joder, ¿para qué iba a decir otra cosa si eso interfería en mi camino hacia el objeto de mi deseo?

La broma siguió varios meses, porque yo me había hecho amiga del chico del no-rollo. Me costó bastante darme cuenta de que el tipo sólo quería enrollarse conmigo, y todo lo demás le daba bastante igual. Y en el momento en el que lo descubrí y le dije que lo sentía pero que no había nada que hacer, todo el grupo excepto compañero de clase dejaron de hablarme. Y de saludarme. Y de todo. Y me sentí indignada. Y me enteré de que quien hizo correr el rumor de que me había enrollado con el otro había sido el objeto de mi deseo. Y sentí cómo la IRA crecía en mi interior y se almacenaba en un rincón hasta encontrar el momento de salir y golpear.

Y ese momento llegó. Estaba cogiendo patatas con mi familia, y fue el último año que sembramos para vender. Y mi adorable hermano encontró un lirón (ratoncillo de campo) y me lo dio pensando que me iba a acojonar. Me encantó y le hice miles de carantoñas, hasta que me intentó morder, pero pilló en uña, pobre. Y ese fue su final. Le puse el nombre y el primer apellido de mi ex-objeto de deseo. Le metí en un bote. Con algodón mojado en el fondo para que pudiera beber agua si estaba sediento. Y con media docena de granos de trigo. Con unos agujeros en la tapa. Fui generosa, aquello fue mucho más de lo que su tocayo me había dado a mí. El lirón duró dos días. Al tercero, al llegar del instituto, vi a mi gata jugando con él. Mi madre me dijo que había muerto en el bote… ya decía yo que aquel tiritar no podía ser bueno.

Prometo que ha sido la única cosa terrorifica que he hecho por un desengaño “amoroso”. Ahora sé que aquello era un calentón de cuidao, pero en su momento me destrozó el corazón, así que yo lo maté en su forma ratonil. ¿Verdad que nadie me condenaría por ello? 🙂

Anuncios

3 comentarios

  1. Joer :O Suerte que no tenías a mano unos cuantos alfileres, un machón de su pelo y un muñeco de voodoo 😛

  2. mechón quise decir :S

  3. Ha quedado un poco bastante sádico, pero en realidad no lo maté queriendo, simplemente pensé que allí estaría bien. Hasta me dio un poco de pena que mi madre dijera que había muerto mientras yo estaba en clase. Pero no fue por odio, lo que pasa que le da un toque… maligno :$

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: