ecuaciones diferenciales

Suena: California de Lula

Estado de ánimo: próximo a la crisis nerviosa

Pensamiento inconsistente: deja que me vaya, deshaz el jodido hechizo que me hace seguir pensando en tí.

El autobús llegaba tarde otra vez. Su profesora de álgebra no estaba nada contenta con su falta de puntualidad. Y para colmo era día de repaso. Tenía serios problemas con los límites, pero lo peor eran las matrices, todo ese horroroso desfile de números que nunca había conseguido descifrar. Llegó media hora tarde, la bronca duró otros diez minutos, y la clase se quedó en una hora y diez minutos más otros diez del descanso.

En clase había un chico que le parecia interesante, inteligente y además guapo. Jodidamente guapo. En los descansos aprovechaba para pedirle fuego con una sonrisa pícara. El sabor del tabaco era una de las peores cosas que había probado en su vida, pero estaba segura de que le daba un aire muy seductor. A los diecisiete años resultar seductora es absolutamente necesario para cualquier chica.

La clase pasó volando. Él estuvo haciendole muecas durante la última hora, después de que en el descanso intercambiaran chistes malos sobre las fiestas de números que no se integran y asteriscos con gomina. Y después se ofreció para acompañarla a casa. Pero ella había hecho sus planes ya. Iba a comer sushi. Nunca lo había probado, pero tenía reserva en el mejor japonés de la ciudad. Un plato de pescado crudo no puede ser tan caro, se decía insistentemente. Una lástima, otra vez será. Sí, quizás mañana.

Una chica misteriosa ha probado los platos más exoticos, ha bebido los cocteles más chic y ha fumado el tabaco más exclusivo. Siempre. Y ella no había probado un bloody mary en su vida, nunca fumó otra cosa que no fuera Lucky Strike y lo más raro que había comido era el pato a la naranja que preparaba su abuela en navidad.

Después de contener las arcadas con los tres primeros trozos de pescado crudo empezó a cogerle el truco. Un poco de esta mierda verde que pica como el demonio, un poco de esta cosa marrón que le da un toque saladito y a la boca, procurando no degustar demasiado. Al final de la comida ya le gustaba hasta el sabor del wasabi. Paula era una chica que aprendía deprisa. Y la comida japonesa no iba a ser una excepción.

Cuando salió del restaurante y se fue a tomar un café al local de moda se dió de frente con sus sueños. Y esta vez no pudo negarse a compartir la sobremesa con Emilio. Quizás al final cogiera gusto al álgebra.

Lo siento, odio contagiar mis defectos a mis personajes. La afición por el sushi y la impuntualidad son rasgos que he traspasado a la pobre chica, le espera una vida muy dura. El resto, como siempre, no guarda relación con nada que haya vivido directa ni indirectamente. Mañana más. Creo.

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