el primer día del resto de su vida

Suena: Yo me bajo en Atocha, de Joaquin Sabina

Estado de ánimo: deliciosamente perezosa.

Pensamiento inconsistente: qué será será, lo que tenga que ser será

Cuando empezó a sonar el despertador él no podía imaginarse que ese iba a ser el primer día del resto de su vida.

Se despegó, perezoso, las sábanas de la piel. Había sido una noche demasiado calurosa para ser febrero, pero el cambio de clima había sido más que suficiente para hacerle sudar entre la nieve. En Manhattan siempre hace frío, pero nunca tanto como en Siberia.

El mes estaba a punto de terminar, le quedaban apenas dos días y era hora de volver a su trabajo. Tras dos años de excedencia no podía retrasarlo más. En ese tiempo, desde que Amy le partió el corazón, se había dejado llevar a lo largo y ancho del planeta, última parada Siberia. Tras dos semanas en el destierro más absoluto supo lo que habían sentido los soldados de Napoleón y decidió volver a casa.

En su mesa había una chica preciosa, su cabeza llena de bucles, sus mejillas sonrosadas y una gota de carmín en los labios, parecía haber escapado de una película de los cincuenta. Y entonces supo que volvería a huir.

Ella nunca tuvo miedo a nada, o eso parecía, aunque tras dos semanas de charla intrascendente la cosa cambiaba un poco. Con la entrada de la primavera llegó la primera cita. Era todo perfecto. Sus facciones eran perfectas, su cuerpo, aún dentro de las imperfecciones que ella disimulaba como una reina de la alta costura, era perfecto, su pelo, ensortijado, brillante y suave era perfecto. Y aquella noche brillaba más perfecta que ninguna otra mujer en el Sushi bar.

Iban a toda velocidad, sin ni siquiera pensar en echar el freno. Ella se dejaba vencer por los avances de él, que siempre eran un poco más agresivos de lo que otras mujeres hubieran soportado. Ella tenía una historia inacabada, con un excompañero de trabajo que se había ido a la delegación de Londres para olvidarse de ella, que no quería olvidarse de él. Esa confesión hizo mella en la seguridad de nuestro amigo, que empezó a  recular.

Pasó meses quedando con ella, llevandola a cenar a los sitios más glamourosos de la gran manzana, y sin atreverse a dar un paso más. Ella esperaba impaciente, cada noche se vestía con sus mejores galas, se maquillaba lo justo para no salir sin maquillar y colocaba aquí y allá complementos que marcaran dónde tenía que ir a parar la mirada de él. Pero no parecía darse cuenta de nada.

Un buen día, al llegar a la oficina, vió a una rubia esqueletica, con una coleta alta y tres kilos de maquillaje en el escritorio de Nikki, el corazón le dió un vuelco y salió corriendo al despacho de Megan, su jefa.

El llamó a la puerta de cristal, que tenía las cortinas abiertas, y vio cómo Megan se levantaba para abrirle personalmente. Llevaba un sobre en la mano y antes de que nadie dijera nada él ya sabía que era una despedida. Le dio su carta y le ofreció un abrazo que sabía que iba a necesitar. Pero él aún no lo sabía, así que amablemente lo rechazó y se fue a su mesa.

La carta era de Nikki, explicaba que no podía permitirse que siguiera destruyendo su autoestima, que no podía permitirse que siguiera mirando a otras chicas cuando salía con ella, que se ponía sus escotes más pronunciados y su mejor sonrisa. Confesaba que desde la tercera noche estaba esperando a que la besara, pero que la sombra de Amy no permitia que ella diera el paso. Le pedía que no fuera a su casa a buscarla, porque estaba realmente encantada con su apartamento, y que había sido suficientemente doloroso tener que cambiarse a otra oficina y deshacerse de su viejo número de teléfono, que no estaba dispuesta a renunciar a nada más y que lo sentía mucho.

Él se dio cuenta de que había estado haciendo el ridiculo, quedando en evidencia delante de sí mismo, supo que su inseguridad le había jugado una mala pasada y que Nikki encontraría a otro con una enorme facilidad mientras él seguía preguntandose por qué Amy se había ido y por qué nunca tuvo valor para besar a Nikki.

A veces hay que tener cojones para hacer algo después de pedir la primera cita. Y queridos amigos, nuestro protagonista de hoy se dio cuenta de la forma más agresiva.

Y por otro lado, no puedo parar de escuchar canciones de Sabina sobre Madrid, ¿por qué será?

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5 comentarios

  1. Pero ¿todavía se piden citas hoy en día?
    El relato es uno de esos atemporales que, cambiando los escenarios y el atrezo, probablemente podamos encontrarlo dibujado en las cuevas de Altamira. Bien, bien.

  2. Puedes llamarlo como quieras, pero una cita siempre será una cita, y la primera vez que quedas con alguien con intenciones “románticas” siempre será una cita 😛

    Además las estúpidas románticas somos una especie atemporal.

  3. Sigues escribiendo deliciosamente bien. ¡Me encanta! ¡Y qué envidia!
    Por cierto, mañana cuando veas los comentarios recientes, no te asustes como yo de ver tanto bichito lila. Soy yo, que como he puesto antes, me he puesto al día…¡de una sentada!
    ¡Buenas noches!

  4. Eres demasiado generosa conmigo, el cariño te ciega 😉

  5. Ciega, no, sincera. Si no lo pensara, no lo diría 😛

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